Are we able to understand the real concept of time?

Charles Darwin wrote in his book “The Origin of species”, first published in 1859, that the mind cannot possibly grasp the idea of the lapse of time. He also added that the chief cause of our natural unwillingness to accept time as an agent of change ─concerning species or other subjects─ is that we are slow in admitting great modifications of which we do not see the steps.

Rovelli argues that what we experience as time´s passage is a mental process happening in the space between memory and anticipation. “Time is the form in which beings whose brains are made up essentially of memory and foresight interact with the world: it is the source of our identity.”

 

Philosophers claim that time is, by definition, nothing more than a system of temporal relations among things and events, so that the idea of a period of time without transformation of any kind turns out to be incoherent.

But whatever definition Science or Philosophy provide, what we really aim to answer here is what mental and biological resources does the brain use to represent what is generally experienced as incoming information.

 

It is a new discovery that we possess in our brains “time cells”. A small region embedded near the center of the hippocampus that works as an episodic memory (the memory of experiences).

 

Time perception is a field of study within psychology, cognitive linguistics and neuroscience that refers to the subjective experience, or sense, of time, which is measured by someone´s own perception of the duration of the indefinite and unfolding of events.

David Eagleman developed, a few years back, an interesting number of experiments to prove Time perception. He concluded that Time becomes a function of how much resources the brain avails in a situation and also that function changes according to age; what makes it look as it, when we are young, time would run in slow motion, which changes as we grow older. This is due to an increasing in the inability to create new memories as time goes by.

Despite the success of Eagleman´s theory, if we take into account Darwin’s point of view, we can’t still prove if man can really understand the lapse of time. For, biologically speaking, man is only able to process such term, whether as a concept or as an experience, through their senses. If man, in general, is able to understand his existence as a species or as inhabitant of a planet that has survived millions of years of evolution and constant change (and will continue to do so), cannot be proved.

All in all, if  the human mind is only able to perceive and understand time according to the representation of sensory information and impulses, then it is absolutely necessary to conclude that, as a species, he is not able to render his own existence to a timeline that has begun before him and will probably go on developing without his acknowledgement.  

Time, without the restrictions of the scales of man, will keep on running and working through agents of change that will make sure life prevails and follows a certain course of action. And man, as a species, may well start to develop a way to understand and to embrace the lapse of time as something happening outside of himself.

Someone said time is the only prove we have that our existence is real. We might be on our way to find out if that consideration is an actual fact.

 

Nancy M. Gallegos

Image credit  Walking Darkly Painting by Howard Ross

 

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La Carta

 

 

“I don’t quite hear what you say, but I beg to differ entirely with you.”
Augustus De Morgan
“A menudo, los corazones de los hombres no son tan malos como sus actos, y casi nunca como la maldad de sus palabras.”

J. R. R. Tolkien

 

Augustus de Morgan, o Augusto, era un prestigioso matemático inglés de principios del siglo XIX. Quizás por no haber nacido en Inglaterra al igual que sus padres, sino en la India, tierra que lo había despojado de la visión de un ojo a la corta edad de siete meses, se consideraba a sí mismo como un hombre sin patria.

De joven, se regodeaba de su discapacidad, aclarando siempre que su ceguera parcial no surtía en él ningún tipo de connotación ni efecto. La verdad es que esa condición lo había alejado de su segundo amor después de las ciencias algebraicas: la astronomía.
Es un rasgo común a todos los hombres que dicen no pertenecer a tierra alguna el terminar mirando al cielo; a los astros en busca de respuestas o de una cosmovisión de su propio lugar en el planeta, o a los dioses, para entender su plan divino. No era éste el caso de Augusto de Morgan, quien, en un intento por esconder su inhabilidad para la observación astronómica, decidió refugiarse en un cinismo que caracterizó todo su obrar, a medida que se abría paso por el mundo de las ciencias. Esto lo resignó a la práctica de la única disciplina, según su propia opinión, que no requería aparatos mecánicos o sofisticados para poder llevarse a cabo, o que derivara en la construcción de los mismos: la lógica.
En aquellos tiempos, en los que las redes sociales viajaban a caballo resumidas en pequeños sobres de papel, tener amigos epistolares era sinónimo de prestigio. Las redes se extendían hasta vastos círculos que se ampliaban y mantenían con gente de gustos y preferencias afines. Un simple descubrimiento era razón de debate y de galopes de ida y vuelta que no dejaban que la red se extinguiera. Era común ver a personas de tiempos y relaciones virtualmente inimaginables y, hasta a veces, obligatorias, extender discusiones por carta sobre un tema por meses, o por años.
El contenido de los mensajes no siempre se mantenía en el anonimato de sus participantes. Quizás, por evitar la deshonra social o cristiana que comandaba esos tiempos, la correspondencia siempre estaba sujeta al murmullo, y el tema que los participantes estaban tratando era de conocimiento general de esas redes.
Algunos, incluso, decían llamarse amigos y celebraban relaciones superficiales que no pasaban de la rotulación nefasta y el descubrimiento que, en definitiva, no era más que una forma de acceder a la vida privada.
Augusto no era para nada una excepción. Había transitado sus años de formación tratando de sobrevivir a la puja de la religión por ganar los salones de la ciencia. Con muchísimo empeño, había sabido trepar por encima de todo prejuicio por su condición física.
Un poco por curiosidad y otro poco por obligación, había accedido al pedido de Lady Byron, ex esposa del famoso poeta, de agregar a su hija Ada Lovelace a sus redes y a su correspondencia habitual.
Los primeros años fueron de estímulo mutuo y alabanzas. Lo que cautivó en principio a Augusto fue el materialismo dialéctico con el que la joven se abría paso por la vida científica de la época. Despojada de creencias religiosas y, al igual que Augusto con extremo rechazo por las exigencias sociales y las buenas costumbres, Ada se destacaba ya en el campo de las matemáticas desde muy temprana edad. Sus redes abarcaban a personajes como Charles Babbage, con quien terminaría trabajando en la traducción de unas notas en italiano que derivarían en la primera máquina analítica.
Con el tiempo, la correspondencia indicaba que Ada empezaba a acercarse a la creación de lo que tanto anhelaba. Esto enfurecía cada vez más a Augusto, que siempre proyectaba su odio hacia todo artefacto que pudiera ser usado en un laboratorio. Su ceguera parcial lo dejaba fuera del uso de los primeros lentes y telescopios que se habían inventado. Su odio, que crecía a medida que la ciencia y, en particular, los hallazgos de Ada avanzaban, aumentaba con cada nuevo descubrimiento que escapara a su lógica, y lo situaba en una tierra en donde él seguía siendo el único habitante. El camino que Ada comenzaba a abrir no era más que uno absolutamente imposible de imaginar para Augusto. Del odio, pasó a la obsesión, y de la obsesión al bloqueo. Pero no podía bloquear a Ada de sus redes. Eso mantendría su sed de saberlo todo sin ningún dato que lo actualizara. Sería descortés y tendría que justificarlo. Decidió entonces acudir a Lady Byron, quien había sugerido que la no-relación comenzara en primer lugar.
Redactó la carta con la preocupación desapasionada de un hombre de ciencia pura y con todo el recurso de pulcritud y buenos usos en redacción ingleses que, muy a su pesar, todavía le recorrían las venas. Usó términos como “incorrecto”, “para una mujer”, “exceso de ambición”, “impropia e inquietante”, “digno de un hombre”; y desarmó sus redes, dedicando sus años venideros al otro camino que le quedaba para saberlo todo: armar una biblioteca con todos ellos, llamarlos paradoxers y burlarse de la ciencia de su verdad.
La carta llegó a manos de la dama madre una fría mañana de cualquier día en Surrey. El comunicado impactó a la mujer de tal forma que ni siquiera ella, a quien se recordaría como una dama de hielo, tuvo el coraje para romper el corazón de su hija.
Los corceles siguieron haciendo viajes de ida a Londres hasta que un día Ada, ya sumida en sus nuevos horizontes de vida, dejó de darles importancia. Usó lo que había aprendido sobre caballos para dedicarse a las apuestas y al escándalo, que seguramente resultaría nutritivo alimento de otras redes en las que ella no tenía participación.
Sus jóvenes años se gastaron muy rápido y la enfermedad la alcanzó a los 36 años. Un día de esos, en los que uno recorre recuerdos en cajas de cartón y estantes olvidados, ella encontró la carta.
El materialismo había dado paso a la búsqueda del milagro, pero ni siquiera la fe pudo subsanar el odio hacia su propio género. Murió de cáncer de útero, o como muchos le llaman, el odio que este mundo siempre tuvo hacia nuestra condición de ser mujer.
Seguramente hoy descansa, pero su nombre sigue recorriendo redes nuevas, bajo el prejuicio de la mujer que se atrevió a preguntar cosas que no debía.
Algunos viajes se hacen hacia dentro, porque no hay distancia posible en esta tierra para alejarse lo suficiente de todo aquello que quisiera vernos desaparecer.
Augustus de Morgan – Ada Lovelace (1840) Surrey, Inglaterra

 

 

Imagen: Muchacha leyendo una carta (Brieflezend meisje bij het venster)  Johannes Vermeer

The Pristine Myth: A devastation justified as a myth that started in America and ended up in Africa

 

It is almost a contradiction that the word myth has acquired a sort of use for hiding political intentions. Everything that cannot be justified, every success that cannot be explained, has become a myth. The word myth, whether used as to refer to a traditional story ─ explaining a natural or social phenomenon, and typically involving supernatural beings or events─ or a widely held but false belief or idea, has lost its meaning when used to hide the extermination of the natives both, in America as well as in Africa in the times of the conquistadors.

Charles C. Mann, in “1491”(March Atlantic), talks about the view of America before Columbus’s arrival as being  that of an Eden empty of people. He also says that, historically, it has been known that the first inhabitants  were nomads who left few or no marks on the land. But, nowadays, a growing number of anthropologists and archaeologists have come to believe that this picture is wrong. According to this school of thought, the Western Hemisphere before Columbus’s arrival was not only well-populated but also dotted with impressive cities and towns—one scholar estimated that it held ninety to 112 million people, more than lived in Europe at the time—and Indians had transformed vast swaths of landscape to meet their agricultural needs.

If it is true that the  Americas had highly developed civilizations before the time of Columbus, what happened? Why were there so few traces when the conquistadors and the colonists arrived?

One demographer has estimated, according to Mann, that “in the first 130 years of contact about 95 percent of the people in the Americas died—the worst demographic calamity in recorded history.”

Men as Hernando de Soto travelled not only armed with men and guns, but also with hundreds of pigs that spread diseases such as smallpox, typhus, influenza,  diphtheria, bubonic plague and measles ─diseases that devastated the last remaining people of the Incan culture, as one example.

By the time the colonists reached America, they found one deserted village after another  —the Indians had been felled by European diseases to which they had little resistance.

All through the coastal forest the Indians had “died on heapes, as they lay in their houses,” the English trader Thomas Morton noted.

It was also in America that corn, or maize, was discovered as sustenance for societies to grow. This crop soon reached Africa, where it is said that it became a great contribution for the population to thrive. But Europeans, faced with labour shortage in America ─as they had planned to put an end to the strike of famine─, turned their eyes to Africa to ensure the slave trade; another continent that was being treated as pristine or empty of people, or this is what they used to say.

The debate over how many Indians lived in the Americas  or if this was the beginning of the Apartheid in Africa ─due to the resistance of african people to diseases─ will perhaps never be settled. There is too little archaeological evidence, and too many variables required.

The truth is that the beginning of this story of annihilation is nowadays addressed as a myth. and perhaps one of the reasons is that the conquistadors will never accept their part in the tale that caused so much devastation during the times in which Columbus appeared in the Western Hemisphere, when the descendants of the  world´s two Neolithic civilizations collided, with overwhelming consequences for both, America, as well as Africa.

Nancy M Gallegos

Female Clover

A female clover

encloses the whole creation of

the universe itself.

Mind, body and soul.

 

The feminine disjoints reality

tantalizing

the uncanny

the abject

the repulsive

the dichotomous

and

the disquieting

of the physical form.

 

The poignant memory

of a simple flower

thrown into the world

that had already invented time…

and sat to see it burning

 

ÁRBOL DE FALLAS

 

La mañana se escapa
En recuerdos ásperos
que tejen mis manos

Mirada ausente de pasado,
Me daba de a ratos un lugar
De sincero barco de papel.

 

En su rudeza me vi;
Estigma de amor que escapaba al látigo
de la reencarnación.

 

 

 

 

Nancy M. Gallegos

Cómo “The Walking Dead” nos está perdiendo (No Contiene Spoilers)

Cómo “The Walking Dead” nos está perdiendo

 

La compleción es más bien “acción y efecto de completar”, no “cualidad de completo”

RAE

 

 

 

La historia que empieza y termina, el final feliz, la continuidad, el mensaje esperanzador y muchos otros paradigmas recurrentes a la literatura y el cine (llevado al mundo de las series televisivas) son algunas de las cualidades de las producciones que se supieron ganar un lugar en nuestro corazón. Esta idea de cómo contar una historia está cambiando a pasos agigantados.

El descanso mental que obteníamos, en el que todas las historias se recortaban, transmitiendo una sensación de completitud, ha sido ampliamente descartada. Ya no sorprende el “final abierto”, el uso indiscriminado del drama y la sobre valoración de recursos que sólo buscan movilizar y conmover, dejando paso a un mundo de pesimismo que se repite a través de los libros y adaptaciones cinematográficas y televisivas que, no sólo augura que estamos frente a una nueva forma de abordar todas las historias, sino que nos abre el planteo de cuál es el rol de la preferencia del espectador a la hora de “casarse” con cierto film o serie de televisión.

En un mundo que sigue caminando al ritmo de la globalización de la cultura, uno siempre se detiene a pensar: ¿hasta qué punto los conceptos fijos que subyacen a una nacionalidad pueden permanecer estáticos y ser comprendidos y aceptados por el resto del mundo?

El desenlace trágico norteamericano adquiere una calidad de inevitabilidad que siempre desemboca en atentados y combates excesivos cargados de luchas de poder fácilmente militarizados y, difícilmente, compartidos por el resto de las poblaciones que habitan el globo terráqueo.

La visión individualista de la importancia que tienen ciertas personas frente a otras, el marco moral que se desdibuja frente a quién lo está llevando a cabo y la representación de las esferas conocidas de poder y su magnitud frente a la visión global de la historia inicial, se muestra también en el estreno de la nueva temporada de The Walking Dead; serie que ha desgarrado ampliamente la idea que teníamos de una serie de televisión. El realismo en la construcción y desarrollo de los personajes; la evolución del factor apocalíptico fácilmente aplicable a situaciones cotidianas, entre otras, han sido las características más relevantes a la hora de catalogar la serie como una de mas mejores de la historia de la televisión.

Entonces… ¿qué está pasando con la serie mientras el logo mismo del intro se va desdibujando? ¿Cómo los vuelcos en una historia de supervivencia nos van perdiendo, a medida que avanzan las temporadas? El sobreuso de recursos dramáticos (muy al estilo asiático), la repetición y el flashback ya no sirven para recapitular una historia que va perdiendo personalidad para dejar paso a lo que dictan los números del rating.

Ojalá los escritores y productores de la serie no cometan el mismo error que terminó dejando en el olvido a series como “V Invasión Extraterrestre”; serie que en su momento buscaron perpetuar hasta que los números dejaron hilos desconectados en una historia que supo atraparnos desde el primer momento.

Nancy M. Gallegos